Ízaro, inmutable honestidad

Amadeo García nació en el Bierzo y de pequeño marchó a Bilbao. Pronto comenzaría a trabajar en Seve, un restaurante famoso en los años sesenta por la calidad de sus mariscos, que traían dos veces a la semana desde Galicia. Allí estuvo catorce años, hasta que puso en marcha su propio establecimiento: el bar Amadeo del Casco Viejo. Lo abrió en marzo del 76 con su inseparable mujer, Toñi Ruíz. Estaban a pocos metros del mercado y accedían al mejor género posible, y además, tenían experiencia gestionando y ofreciendo buenas materias primas, así que apostaron por ellas.

Su público aceptó el envite y el Amadeo triunfó congregando cada día a una parroquia que sabía de producto y disfrutaba invirtiendo en él, que rompía la hucha si hacía falta por pegarse un homenaje. Los fogones los controlaba Toñi, de cuna vasca, quien aprendió las artes de cocina en su familia heredando trucos y manías de su madre: “la cocinera ha de ser generosa, bondadosa y tener mala leche porque en la cocina hay mucha tensión. Yo estoy enamorado de mi mujer y de su cocina” asevera Amadeo con locuacidad al preguntarle.

De Bilbao a Maó

Después de algún tiempo el Casco Viejo se convirtió en nido de abertzales radicales, y raro era el día en el que no había altercados. Una situación incómoda para Toñi y Amadeo, quienes, tras un verano en Menorca, pensaron en la Isla como vía de escape temporal a aquella situación: “pensamos en quedarnos dos o tres años y esperar a que lo de Bilbao se tranquilizara, pero aquí seguimos después de tres décadas”. Su primera parada fue Els Plans de Alaior, después Nelson en Son Vitamina, hasta que encontraron un recoleto local en Mahón, cerca de S’Esplanada.

A su bar lo llamaron Ízaro (971.368.149 – Miguel de Veri, 1 – Maó), como el bello islote situado entre Mundaka y Bermeo, escenario de amor apasionado entre una joven bermeana y un fraile allá por el siglo XV. Empezaron con tapas y pinchos, cafés y desayunos. Se entregaron en cuerpo y alma, y durante siete años no cerraron un solo turno. Después fueron dando forma al negocio apostando seriamente por el producto de calidad, una distinción que fue entendida por los paladares locales más baqueteados -Pedro Luís Mercadal, Gabino Sintes, Genaro Gil, Pedro Ruíz…-, quienes encontraban en el Ízaro la excelencia en materias primas que anhelaban.

Un lugar con sabor a restauración

Hoy las nuevas generaciones no conservan la misma devoción por comer bien, aunque sigue habiendo entusiastas que acuden en peregrinación al Ízaro. Allí Toñi y Amadeo continúan al pie del cañón administrando cada detalle de un negocio cuya mayor satisfacción es el aplauso del cliente al marchar. Poco ha cambiado con los años: apenas media docena de mesas cubiertas por su característico mantel de cuadros rojos, el escaparate de la entrada, la madera en las paredes, la colección de licores de otros tiempos y esa atmósfera que solo ciertos lugares atesoran: una invisible pátina que invita a imaginar los grandes momentos que se han vivido -y bebido- allí, las anécdotas, las complicidades, la picaresca, las tertulias, el sabor de la experiencia, de las arrugas, de las deudas, de tiempos pasados… la magia, al fin y al cabo, de la restauración que amamos.

Tampoco cambia el cariñoso trato y la carta del día cantada por Amadeo, la pizarra que detalla las especialidades de temporada y la cámara con el género más fresco. Tras el cristal San Pedro, rodaballo, rape, merluza y sus cocochas -solo una treintena de restaurantes las trabajan en España-; por encargo bacalao al pil-pil y besugo al horno. Los rebozados de rape y merluza de Toñi son -ahora que Fina de Sa Mesquida no nos oye- los mejores ejemplares de Baleares y parte del extranjero: esponjosos, ligeros y realzando la textura del pescado. Completan la oferta media decena de mariscos que se presentan en el muestrario de la barra: ostras, almejas, centollo, buey, nécoras… También gamba roja menorquina.

Una de las bazas más importantes al llegar el invierno son los platos de cuchara, alternando dos distintos cada día: potajes como la imbatible purrusalda, alubias y lentejas -el plato favorito de Amadeo- con predicamento, y también guisos como el rabo de buey, la menestra de cordero o los callos a la vizcaína. Los carnívoros siempre encuentran buena carne roja, ternera blanca y cordero lechal de Menorca. De postre son preceptivas las torrijas elaboradas por Toñi y terminadas por Amadeo flambeando a los ojos del cliente con una receta que él inventó por casualidad hace medio siglo, y que derrite el azúcar tostando la canela sin menguar el sabor de la masa. Hay quien critica lo oneroso de las minutas en el Ízaro. Pero ¿quién dijo que el producto de calidad fuera una ganga? Amigos, en el Ízaro encontrarán restauración honesta y atemporal. Un tesoro.

Productos y productores locales

Aproximadamente el 40% de las materias primas que utilizan en Ízaro son autóctonas. Algunos de sus proveedores fetiche son Sa Llotja y Mecarpeix (pescados), Karta & Memosa (carnes), Mercadal (quesos Mahón-Menorca) y tiendas de barrio de Mahón, hermanas Vinent, S’hort ecologic y Mercat des Claustre (hortofrutícolas).

2 Responses to “Ízaro, inmutable honestidad”

  1. Uno de mis sitios preferidos en Mahon…una cocina excepcional. Y nos conocemos desde Es Plans…son luchadores natos. Lo recomiendo encarecidamente.

  2. Luis Gual dice:

    De los mejores restaurantes de Menorca, nunca defrauda

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