Xuroy, la felicidad está en Alcalfar

El lienzo cotidiano no se altera: corrillos de niños buscando cangrejos por las rocas con sus redes en ristre, barquitas de pesca arribando a media tarde mientras Ebelio desescama su captura y los jubilados del pueblo otean desde su grada jóvenes que escudriñan las cuevas y los acantilados rocosos del frente, familias asiduas con el bebé dando sus primeros pasos en la playa, afanados paseantes del Camí de Cavalls cruzando por la arena y, al fondo, los habituales chafardeando en los bancos de la escalerilla mientras el Islote del Torn no pierde detalle de toda la escena.

Hoy, como ayer

Alcalfar es uno de los rincones más entrañables y mágicos de la Isla. Incluso en estos días de masificación estival nos brinda una atmósfera más íntima, familiar y pausada, donde el tiempo parece ir más lento y nos recuerda a tiempos pretéritos: «la cala de Alcalfar es por el momento la mayor creación turística de la isla de Menorca y merece una atención especial, indicio de lo que llegará a ser la costa meridional de Menorca en el futuro. Un conjunto bellísimo y agradable». No se equivocaba el genio ampurdanés Josep Pla cuando escribía estas líneas allá en el año 50.

Que Alcalfar se constituyera como primer asentamiento turístico de Menorca tiene mucho que ver con los Parpal. Familia activa en los negocios, en el último siglo se dedicaron a la recuperación y transformación de metales de barcos sumergidos, al transporte, manufactura y comercialización de madera y a la distribución de enseres y materias primas diversas. A mediados de los cuarenta, Alcalfar se perfilaba como lugar de moda entre la burguesía, y Antoni Parpal y sus socios Rafel Roselló y Serafí Alzina, aficionados a las artes culinarias, levantaron un modesto merendero adyacente a la playa. Contaban con pescador, barca y vivero propio, y Lluïsot , el cocinero, se entendía bien con todo bicho marino que entrara por la puerta: centollos, langostas, meros, cigalas La fama se extendió y el restaurante fue ampliando su negocio con habitaciones.

Xuroy se convirtió en el primer hotel turístico de la costa oriental de Menorca.

Evolución sin perder la identidad

En los cincuenta, Parpal previó el potencial del visitante extranjero y comenzó a fletar bimotores provenientes de Londres (cuenta Adolf Sintes -no dejen de leer su libro «Cala d Alcalfar. Bressol menorquí de pescadors, viatgers, pintors i literats»- que los domingos la gente acudía al campo de aviación de Sant Lluís para contemplar el avión inglés) al mismo tiempo que, con un autobús, captaba a los locales para pasar el día en la cala y comer en el restaurante. A mediados de los sesenta su hijo Manuel tomó la dirección del hotel. El establecimiento creció en confort y número de habitaciones preservando su carácter, mientras que, afortunadamente, el progreso turístico de Alcalfar se ralentizó en comparación con otros núcleos de la costa menorquina.

Actualmente Xuroy sigue manteniendo la misma esencia: ambiente familiar y relajado, de trato informal y cercano. Al frente del hotel se encuentra la tercera generación: Cati y su marido, Miguel son escrupulosos en cada detalle del negocio, extendiendo su obstinación a la calidad, frescura y origen del producto que ofrecen en su restaurante. Jorge dirige el servicio con fiabilidad y cariño, y sus adláteres Toni, Xavi y Luís cuidan del cliente desde la complicidad. Hay que tener arte para compaginar las exigencias del cliente local con los hábitos del forastero y ellos solventan el reto irreprochablemente.

Espléndida oferta marina

Su ceremonia debería comenzar rememorando los orígenes del Xuroy, esto es, solicitando la bandeja de capturas del día. Les acercarán un magnífico repertorio de pescados de origen local -cap roig, denton, gallo, mero e, incluso, lubina-, la mayoría de envergadura considerable. Escojan su ejemplar y combínenlo con referencias de una extensa carta que descubre placeres marinos como las gambas rojas, las cigalas y los carabineros menorquines, o las ortiguillas de Favaritx. En mi comanda son preceptivos los mejillones del Puerto de Mahón a la plancha, que se presentan con un ligero aroma tostado, y los calamares de la Isla preparados a la romana, con lograda esponjosidad, o a la andaluza, más ligeros y de coriácea mordida.

Aunque la carta muestra muchos clásicos apetecibles, cada año incluye novedades, prueba de que en Xuroy no se duermen en los laureles. Este verano, por ejemplo, son un éxito las croquetas de erizo o el arroz del senyoret, nueva especialidad en el catálogo de Jorge, experto arrocero de la casa y colaborador del chef Mourad, virtuoso con los pescados a la plancha. No hay pieza ni calibre que se le resista, logrando hechuras tersas y puntos milimétricos, potenciando las cualidades del pez. Cuando uno se sienta en la terraza comiendo a pocos metros de la caleta, con esas panorámicas costumbristas que alimentan el alma, los bocados deberían importar menos. Pero en Xuroy se sigue comiendo como en tiempos de Antoni, Rafel y Serafí. O mejor.

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